domingo, 19 de agosto de 2007

El era ella

Había sido feliz. Al menos eso cuentan. Un niño feliz. Jugaba como cualquier criatura, con la simpleza y la imaginación propias de la edad. Tuvo amigos, berrinches y vivió todo lo que se experimenta en la infancia.
Había sido también un adolescente más, común y corriente, con la rebeldía típica de esa etapa bella pero difícil. Aunque a decir verdad, nadie aún con vida lo había visto de otra forma que no fuera como un adulto. ¿Quién podría asegurarlo?
El siempre era igual, siempre sentado en la galería de su casa. Bueno, suponiendo que fuera suya. Estaba ubicada en las afueras del pueblo. Un edificio de estilo victoriano, rodeado por un jardín de grandes proporciones con numerosos árboles y flores. Alamos, cipreses, eucaliptos, dos pinos y un ombú gigantesco. Rosas, lirios, claveles. Ningún animal doméstico custodiaba la propiedad y ningún jardinero cuidaba el parque, pero su aspecto no sólo era de estar bien atendido, sino que irradiaba una belleza admirable, asombrosa, inusitada. La variedad de colores era un concierto para los ojos. Un lugar de una paz casi absoluta, solamente enturbiada por la incógnita que representaba el único habitante de la casa.
Se pasaba el día y la noche completamente inmóvil, impertérrito ante todo, con la mirada fija al frente, sin pestañear, sin un mínimo signo de estar vivo, de estar respirando. Pero tenía que estarlo. De no ser así, su cuerpo ya tendría que haberse consumido hacía muchos años.
Mis dudas se fueron incrementando a medida que fui creciendo. ¿Cuándo comía? ¿Cuándo iba al baño? En algún momento tenía que bajarse de ese sillón, entrar a la casa y hacer lo que todo ser humano hace. Nadie nunca lo había visto más que en esa posición. Incluso parecía un muñeco (cosa que no era).
Cerca del final de mi adolescencia decidimos hacer guardia con un grupo de amigos. Estábamos convencidos que alguno de nosotros al menos lograría poder verlo moverse. Nos íbamos relevando cada cuatro horas. Luego de dos días, resolvimos detener el experimento por el resultado nulo y frustrante del mismo. En cuarenta y ocho horas no se había movido ni un milímetro. Llegamos a pensar que era un ser de otro planeta, y un montón de tonterías así. Lo cierto es que siempre fue un gran misterio.
Nadie recordaba su nombre, su edad, ni nada relacionado con él. Era desesperante saber que mi abuelo lo había visto así inmóvil desde niño. ¡Y habían pasado ochenta años! Lo inexplicable es que él tenía aspecto de tener no más de treinta. Casi todos en el pueblo se habían sorprendido por este extraño personaje, aunque nadie se había obsesionado como lo hice yo. Si alguien lo hizo, nunca me enteré.
Una tarde de mayo me cansé de tanto suspenso, tomé coraje y crucé el cerco de su casa. Estaba decidido a todo y no tenía miedo. Al menos eso creía.
Pisé el césped. Lo sentí mullido, exasperadamente agradable. Me quedé allí unos instantes, paralizado. Fue como si el tiempo se hubiera detenido. Me costó retomar el movimiento. Comencé a caminar con lentitud, con pasos seguros pero medidos. Sentí una inexplicable sensación de angustia y placer entremezcladas. Avanzaba con la cabeza baja, temiendo que nuestras miradas se cruzaran. Cuando estaba a unos pasos de él, elevé lentamente la vista. Estaba quieto, como siempre. De repente, lo vi moverse y me sobresalté. Mi corazón dio un salto y mi respiración se aceleró, volviéndose dificultosa, angustiosa. Cerré instintivamente los ojos, convencido de que estaba alucinando y que al abrirlos nuevamente él volvería a su quietud de siempre.
Esperé unos segundos y abrí los ojos de golpe, lleno de falso coraje, el cual mermó al ver que se había puesto de pie y me estaba saludando con su mano derecha. Una sonrisa desgarradoramente bella llenaba sus labios. Mi pulso cobró una velocidad descomunal, alarmante. Comencé a jadear mientras mis piernas me acercaban a él lentamente, desconociendo la orden sensata del cerebro que a gritos les pedía que corrieran en dirección contraria. Súbitamente me detuve, helado, pasmado. El había sacado algo de su bolsillo y temí lo peor. Llevó lo que había extraído a su boca y masticó. Me pareció ver que era un chocolate.
Entonces sí se movía. Y comía. Y por supuesto se bañaría y haría todo lo que hacemos los humanos. Allí, estupefacto como estaba, tuve un rapto de lucidez y me planteé algo. ¿Por qué si él hacía todo eso, nadie lo había visto jamás? Al menos nadie que estuviera vivo.
Cuando comprendí, comencé a llorar sin lágrimas, aullé con gritos silenciosos, golpeando puertas inexistentes con manos que no se movían. Sentí una revelación escalofriante, seguida de una tranquilidad indescriptible. Había dilucidado el misterio. El era ella, y como decían las leyendas, ella nunca llega tarde, ella nunca se equivoca.
Me dolía saber que lo había visto moverse y comer, me había saludado, pero no se lo podría contar a nadie. Nunca podría hacerlo. Al menos a nadie que estuviera vivo.